Cuba Ala Décima

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domingo, mayo 29, 2011

Lázaro Peña

Cien años
del nacimiento
de un hombre
eterno

Por Pedro Péglez González


Cuando tuve uso de razón, uno de los primeros valores espirituales que me trasmitió
mi padre —entonces joven herrero y dirigente sindical de base— fue su orgullo de que Lázaro Peña me hubiera tenido en brazos, cuando era yo apenas un niño balbuceante y mis progenitores me llevaban a sus reuniones en el comité de barrio del Partido Socialista Popular.

La anécdota, repetida después en corrillos familiares —las más de las veces en voz baja por la represión batistiana— y enriquecida con otras que me revelaban, poco a poco, la dimensión de aquel hombre, pasó a formar parte del incipiente cofre de mis propios, pequeños e intangibles tesoros personales, siempre advertido por los mayores de que, en lo personal, debía comprenderlo como un premio del azar, que yo mismo podría hacer valedero con mis futuros pasos.

En los primeros meses de 1959, mis andares adolescentes junto a mi padre me llevaban cada mañana a buscar el periódico Hoy, de los comunistas cubanos, y yo le escamoteaba la primera plana para disfrutar la aún incomprendida fascinación que me producían los versos de la sección Al son de la historia, escritos por el Indio Naborí. Debe de haber sido entonces que leí, entre aquellos textos, las primeras alusiones poéticas al Capitán de la clase obrera.

Un año más tarde, con 15 años, mi estreno como activista sindical —en tareas de propaganda en el entonces Sindicato de Carros y Camiones donde a la sazón se desempeñaba mi viejo— me puso ya en contacto definitivo con la trascendencia humana y revolucionaria de Lázaro Peña, cuya huella en mi propio decurso fue entonces para siempre inmarcesible más allá de su vida física, tras cuyo doloroso apagamiento escribió el Indio Naborí el Canto popular a la CTC, que con los siguientes versos lo inserta indisolublemente a la organización a la cual dio vida:


CENTRAL DE TRABAJADORES
DE CUBA, Lázaro Peña

extrajo tu roja enseña
de un mar de sangre y sudores.
Él —con otros fundadores—
despertó la mutua fe
del proletariado en pie,
te alzó como una montaña

y sintetizó su hazaña
con las siglas CTC.

(…)

Ahora impulsas y compasas
el ritmo de producción,
polea de trasmisión
entre el Partido y las masas.
Tus hombres construyen casas
y hospitales dondequiera;
y si llama la trinchera

se visten de verde olivo,
como si Lázaro vivo
¡Adelante! les dijera.


Que me perdonen los lectores esta referencia demasiado personal en el
Centenario del nacimiento de Lázaro Peña. Permítaseme como un humilde tributo —una sencilla rosa blanca que se suma, escapada del cofre de mis pequeños e intangibles tesoros personales— al hombre que, al lado de mi padre, en una circunstancia del azar inducido por la comunión de ideales, tuvo en sus brazos a un niño, el cual con el paso de los años —sin que él lo supiera nunca— lo ha considerado siempre, como muchísimos revolucionarios, entre los más venerados conductores de su existencia.

Mediante este enlace, íntegramente, el poema de Naborí Canto popular a la CTC, incluido en su libro Esto tiene un nombre (Editora Política, 1999).

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